El VIII Congreso Español de Pediatría
Entre el gran número de especialistas con que cuenta la Pediatría en España, el Congreso nacional viene a ser como una prestigiosa institución.
Entre el gran número de especialistas con que cuenta la Pediatría en España, el Congreso nacional viene a ser como una prestigiosa institución.
Es bien conocida aquella apreciación de Menéndez Pelayo acerca de la filosofía española, reproducida hace ocho años por el Sr. Lain Entralgo: «el espíritu crítico y el espíritu armónico se disputan desde remota fecha el predominio en nuestra filosofía, tendiéndose a veces amorosamente la mano»
El día 27 de septiembre de 1952 falleció, en Roma, donde residía desde hace años, el insigne pensador George Santayana, nacido en Madrid el 16 de abril de 1863 y que, pese a su constante vivir en el exilio, no quiso renunciar en ningún momento a su hispana nacionalidad.
Con Lavelle y Le Senne, nos encontramos en un caso especial dentro de las corriente del pensamiento contemporáneo: de un lado reproducen el repertorio temático del existencialismo; de otro lado a veces acuden a soluciones enteramente antagónicas de esta corriente, como son las del esencialismo platónico.
Entre los problemas candentes de actualidad social uno de los principales es este del «fomenismo» que está librando y ganando las mejores batallas de su historia.
Saber comunicar a otro un estremecimiento de belleza es mérito del poeta inspirado. Pero hacer que este indefinible gozo de nuestra alma en vez de brotar de la visión periférica de bellezas epidérmicas, brote de la grandiosidad de las ideas, esto es más que de poeta es del intuidor de la belleza honda, menos percibida precisamente por ser más secreta.
Todavía resuenan en nuestros oídos los seductores acentos nietzschearios que distinguían dos especies de egoísmos, fundamentalmente diversos: el inferior, comparable al gatuno, y el superior, elogiable como suprahumano.
En el medio ambiente de las altas especulaciones espirituales y aun bajando un escalón considerable, en el de cualquiera de las multiformes actividades intelectuales, suele ser mirado el periodista como un divulgador de menor cuantía a quien, no obstante, se envidia por su agilidad expositiva así como por su audacia en abordar los más dispares temas a la vista de todos.
Sería enteramente ocioso y hasta un atrevimiento injustificable, que me pusiese aquí a tributar alabanzas a una revista que goza del reconocido valor y renombre de «Razón y Fe»; afortunadamente esta publicación de prestigio internacional no necesita de mis alabanzas.
A manera de réplica al rigorista aforismo de la jurisprudencia clásica según la cual debe cumplirse el derecho aunque perezca el mundo (fiat ius, pereat mundus) -aforismo en el que la palabra «ius» se toma evidentemente en el sentido de «derecho positivo»-, los teorizadores acerca de la equidad, con unanimidad casi absoluta, han solido considerar que la excesiva juridicidad viene a implicar cierta antijuricidad (summum ius, summa iniuria).
Entre los pedagogos medievales cuyas ideas, constituirán una sorpresa el día en que sus obras se estudien a fondo, se cuenta Vicente de Beauvais.
El pasado 20 de noviembre falleció en Italia, a los ochenta y seis años de edad, el célebre pensador cuyo nombre encabeza estas líneas.
Existe un humanismo que se llama a sí mismo ateo, precisamente por ser humanismo. En otros términos: admitir un Dios trascendente, al que hay que adorar y a quien debemos someternos como a lo absoluto (el Dios de la religión), es negar al hombre.
Vivimos en una época, a no dudarlo, excesivamente polemizante. El sereno diálogo, tan fecundo en tantos aspectos, vienen muchos a frustarlo mediante enconadas discusiones donde, con frecuenda, en vez de brotar luz se espesan tinieblas. Con lo cual, salimos todos perdiendo.
Cuando en nuestros balbuceos filosóficos nos preguntábamos si realmente era el nuestro el mejor de los mundos posibles,
según afimaba el optimismo leibniziano, en el que existe el mínimum del mal necesario para la persistencia indefinida del máximun del bien, no encontrábamos nunca la respuesta categórica y convincente, pues un importuno distingo nos mantenía tan alejados de la afirmación como de la negación.
Se publica -en España, concretamente en Madrid, una revista titulada «Theoria», cuyo contenido, según declara el subtítulo, es «revista trimestral de teoría, historia y fundamentos de la ciencia». Sin embargo hay también en ella (aunque ni el título, ni el subtítulo lo digan) no pocas aportaciones filosóficas.
Uno de estos meses -se ignora en cual, con exactitud- se cumplen dos mil años desde la muerte del gran poeta latino Tito Lucrecio Caro.
El martes 31 de octubre de 1413, la población de Balaguer (si hemos de creer a Monfar, Cronista de Urgel) presenció un acto muy singular.
Desde algún tiempo hacia acá, adviértense en muchos escritores ansias de «snobismo» tan acentuadas, que realmente provocan repugnancia y hasta, en no pocas ocasiones, incluso compasión. Provocan repugnancia intensa, ante todo, porque nada más anodino que esforzarse en trasladar al campo de las letras espúreos anhelos de originalidad, aun a costa de los valores más consagrados en cuanto respetables. Y provocan, además, cristiana compasión, porque nadie tan digno de ser compadecido, en el
palenque literario, como aquel que, a falta de méritos propios, procura acreditar su nombre a costa de ajenos deméritos, reales o presuntos.
A más de un lector, con toda probabilidad, parecerá arriesgado que se adjetive a nuestro admirado Antonio Gaudí, no sólo como técnico experto en determinadas artes (arquitectura, policromía, etc.), o bien, ascendiendo un peldaño nada desdeñable, como teorizador original sobre lo artístico en diversas epifanías, sino incluso como esteticista, esto es, como autor de reflexiones filosóficas estimables en torno de lo bello.